lunes, 6 de abril de 2009

Metro a París

Hoy fui a C.U. con mucho pesar, he de confesarlo, y me encontré con la sorpresa de que todavía se encontraban cerradas las entradas a la "ciudad" de la zona del metro Copilco. ¡Maldita sea! tuve que dar una vuelta enorme alrededor de las murallas, no había de otra. Para cuando llegue al cuarto piso de la biblioteca central, la hueva había desaparecido, mas bien la suprimí; Me dispuse a buscar los libros que había ido a consultar, pero no pude leer mucho, ya que hacía un calor de la chingada adentro de la sala donde yo estaba. Para colmo el único ventilador que hacía que la sala respirara un poco estaba apuntado hacia "tierra de nadie"...No, un rotundo no a leer en la sala poniente del 4to. piso de la Biblioteca Central de la UNAM a la una de la tarde.

En fin, el calor no me derroto por completo y decidí quedarme unas cuantas horas a trabajar. Cuando me fui, iba muy contento hacia el metro Copilco, a pesar de que camine bastante; El día me parecía bastante bueno como para hecharlo a perder dentro de la cabina de un pesero. Para cuando llegue al metro, no encontré a mucha gente, eso es lo bueno de la ciudad en los largisimos puentes que ofrece el tan sufrido sacrificio de Cristo.

Ya en el vagón, me tope con tres hermosas mademoiselle que claramente hablaban francés, a su lado iba un señor gordo, un chavo de cabello claro con ojos color aceituna; Las Mademoiselle me hecharon una mirada fugaz, tan fugaz que pareció despectiva, la verdad no me importo, yo no estaba viendo sus lindos rostros caucásicos, más bien me deleitaba con sus voces, las cuales emitían sonidos indescifrables para mis oídos. El Señor Gordo que estaba sentado junto a ellas, las miraba con mucha fijeza, con una extrañeza tal que parecía estar amenazandolas con el poder de su mente; Sin embargo, algo me pareció extraño desde el momento en que volque toda mi atención en aquel singular sujeto: él traía una gorra, la cual constantemente se quitaba para poder relamerze hacia atrás el poco cabello que tenía en su pronunciada calva, y terminada la acción, procedía a ponerse de nuevo la gorra. El Señor Gordo hizo ese ademán fácil unas diez veces.

Al parecer las Mademoiselle se dieron cuenta del nerviosismo del señor ante tan deslumbrante belleza extranjera, así que procedieron a dejar el vagón; de repente una de ellas hizo algo inespereado, se acerco al Señor Gordo y le dio un beso en la mejilla, seguido de esto le dijo tierna pero cordialmente: "Au revoir monsieur".

El Señor Gordo probablemente dormira bien esta noche...

3 comentarios:

*Biquie* dijo...

uy!!! Rifado

*Biquie* dijo...

No le pierde!!! jojo Dorianismo ;)

moriska dijo...

jajajajajajajajajajaja
ame 'es lo unico bueno en la ciudad en los largisimos puentes que ofrece el tan sufrido sacrificio de Cristo' jajaja te citaré el resto de mi existencia jajajaja