sábado, 17 de octubre de 2009

Entre la espada y la pared

No sé si recuerdas esa poesía que clamaba tu nombre, creo que era una poesía de Jaime Sabines, ya ni me acuerdo que decía, sólo recuerdo que nunca se me va a olvidar. Pero ya hablando en serio, ¿por qué no dijiste nada? Pudiste haberme dicho que no te agradaba que te dijeran que estabas mal parada...

Sí, ya recuerdo. Ahí me tenías como pendejo, sentando en una banca coronada con el aguila real de nuestra dictadura que a veces osamos llamar republica; estuvo esperándote como quince minutos. Tú, siempre tú, siempre tarde. Y cuando al fin llegaste saque un papel medio arrugado, lo hice bolas, lo desdoble, lo volvi a enrolllar, el momento de leerte lo que ese papel tenía escrito nomás no llegaba ¡Qué tristeza!.

Tu seguías hablando de tus desmanes amorosos, es que él, y yo, y después él me dijo, y yo no sé...¿Hasta cuándo o hasta dónde puede llegar tu trágica vida? Me acuerdo, me acuerdo mucho cuando te dije: ¡Callate pendeja! ¿Qué no ves que no quiero escuchar tus desamores?

Entonces, ya con el silencio y la groseria reinando en ese pequeño espacio tiempo que nos separaba a ti y a mi, prepare mi garganta ejem ejem y comenzaron a fluir las palabras:

Escucha, querida mía, como las aves cantan
Escucha en este silencio como el viento dice
Que escuches
Que fuiste reflejo de felices vanidades
Pero ahora ni reflejas ni generas
Eres pared, sin musgo ni humedad
En ti no hay vida, ni micotica siquiera

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