Había días que en el recreo Pablo y yo nos sentabamos a comernos el lunch, gozando de nuestro silencio cómplice, saboreando el ruido de las risas, los gritos, las pelotas, los saltos, el inevitable masticar de nuestras bocas...Y hoy pienso que Pablo ya lo había escrito...
El día que le confesé a Pablo mi amor por Josefina, sólo sonrió débilmente, se burlaba en letras; poco tiempo después vi un libro, me esculpió en sus columnas, y logró trasarme a pincelazos de tinta negra...Me confesó al poco rato, quizás dos años, que él sabía que leería la carta que hoy es la excusa de estos párrafos...Y finalmente Pablo renunció de su cuerpo para migrar a una armadura de bronce que hoy lo significa...
Y hoy miro con mi nieto el ocaso y él piensa que Pablo aún escribe...
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