Todo regresa a la turbulenta regularidad urbana…después de haber experimentado cuatro días de Gloria, el D.F. regresa a su agitada cotidianidad.
Y la verdad es que adoro pasearme por las calles desiertas, me gusta experimentar esa atmosfera de apocalipsis prematuro que cierra cortinas de tela y acero, despejando las avenidas del interminable paso vehicular. La Semana Santa es una excelente vacuna para la urbe mexicana, provoca las ventilación de sus arterias, y ayuda a que el flujo del tiempo retome su cause lento y pausado (como realmente es) bombeando de calma el corazón del capitalino que se queda a disfrutar de la soledad que posiblemente nunca tiene tiempo de gozar.
Me enteré en esa semana que en el D.F. radican alrededor de 9 millones de habitantes, pero que todos los días está llena de 14 millones de transeúntes y pasantes. Somos durante el día 14 millones y por la noche somos nonos pardos millones de defeños…
Paradójicamente, no necesito del bullicio del sol y la playa, ni necesito que las olas y la marea me marquen el pasar el tiempo...
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