El primer día de mi gran fracaso comenzó cuando salí de la Universidad. Graduado con honores, demasiado inteligente--y engreído, ellos dicen--, mis compañeros y profesores comenzaron a temer mi éxito futuro, así que lo frenaron.
Pasados tres meses me resigné a dejar de esperar respuesta alguna de cualquier solicitud para la que hubiese aplicado. Dejé el internet y salí a la calle vestido en un traje gris perla (el color me lo indicaron en la tienda, porque para mí hasta la fecha sigue siendo gris a secas) con una corbata amarilla adornada con flores de lis; en la mano derecha cargaba un portafolio nuevesito, color café, con una asadera que permitía el descanso del pulgar en un compartimiento de cuero. Me dijeron, en la entrevista la apariencia representa el ochenta por ciento. Cuánta razón tenían.
Con el objetivo de presentarme de forma más aseada me afeité la barba que me había caracterizado durante toda la carrera, lo cual no sólo me regreso la apariencia de mi verdadera edad, sino que la redujo. En el colegio Abeerden y en el Instituto de Humanidades Lincoln Churchill (se tendría que ser un poco pendejo para ser dueño de una escuela y poner ambos apellidos juntos) me dijeron: "Excelente, pero te falta edad". Toqué otras puertas, pero en todas me decían lo mismo o lo contrario: "Excelente, pero te falta experiencia". Chingadamadre.
Lo de las escuelas, pues nomás por ahí nunca la iba hacer. Intenté por caminos menos convencionales. En la Distribuidora editorial San Pedro, se me cayó el teatro cuando confesé que Dios no influía en ninguna de mis decisiones. "Excelente, pero demasiado incrédulo", casi me dicen.
Los meses comenzaron a pasar más rápido de lo que yo esperaba, dejé de salir de mi casa a las siete como todo asalariado (porque claramente no lo era) y me empecé a levantarme a eso de las diez de la mañana. A las once ya estaba en la calle, con mi traje gris de perla deslavada y mi portafolio descolorido sin el soporte para el pulgar porque con el tiempo término desprenderse de la asadera. Deambulaba. Caminaba sobre Avenida de Los Insurgentes, me detenía a ver los aparadores y a las chicas de la preparatoria Franklin que salían a las tres de la tarde.
La corbata ya ni la llevaba, la había perdido.
| "Deambulante" La Bombilla, San Ángel, Ciudad de México Autor: Teban Terán |
No hay comentarios:
Publicar un comentario