Recuerdo que no hace mucho tiempo vi pasar en uno de los tantos pasatiempos de mi vida,
a un tal Juan y Domingo Jr., quienes eran los más jovenes del pueblo. Hombres de letras, siempre los veías pasar con el Juicio de Kant bajo el brazo, pero si el día pintaba para ser soleado, te los podías encontrar jugando Ajedrez en la pulqueria, al mismo tiempo que discutían de Metafísica platónica, del nihilismo de Nietzsche (Me vale madres sino se escribe así), del fervor evángelico del Doctor Angélico, y otras tantas más cosas de Ortega y Gasset, y Luis Vives...
Ese día que los vi pasar, decidi también ilustrarme, pense: "No me voy a morir sin escuchar una conversación de estos dos cabrones". Ese día estaba nublado-para mi mal(ñ)a suerte porque yo quería darme un traguito de Sangre de Conejo, así que los acompañe al campo, a mirar los contornos de las cordilleras que apenas se distinguían en lontananza. Nos sentamos los tres con las piernas extendidas hacia el frente, y recargandonos en nuestros codos; el viento era increíble a esa altura del pueblo, era un viento fresco, fuerte y repentino. El sonido de los truenos hizo que dirigiera mi mirada hacia el cielo, una supernova estaba a punto de alcanzarnos-con este viento-me dije-no tarda en caernos el chubasco.
Mire a mis compañeros de contemplanza, seguían clavados en sus pensamientos. Domingo Jr. tenía la vista fijada en el horizonte-Quién sabe que chingaos andaba viendo-, se podía ver que algo no cuadraba con sus pensamientos, porque fruncía el ceño muy a menudo. Juanito tenía en su rostro pintada una levísima sonrisa, a ratos cambiaba la mueca, para despúes hacer figuras en el aire con el dedo índice de la mano izquierda. Yo solamente esperaba que de alguno de ellos salieran las preguntas de erudición que darían resultado a una conversación todavía aún más erudita.
Pasó alrededor de media hora, cuando por fin Juanito-de cariño, porque después fuimos grandes amigos-empezó:
-Que crees compadre
-Que paso mi compa-dijo Domingo Jr. Al parecer no se habían percatado de mi presencia. Pinches mamones.
-Que ya me coji a MariBety-Pronunció Juanito cerrando con un leve suspiro, como si al fin hubiera ganado la guerra de Independencia...
-A poco? No te creo, pura baba de perro eres.
Juanito se puso serio, volteo al horizonte, para después dirigir su mirada al libro Dialogos del afamado griego de anchas espaldas. Tomó el libro, y lo habrío en la página 965, en el capitulo del "Banquete", y saco su originalisimo separador.
-Ah, no me crees cabron. Pues aqui está la prueba
-Ah chis, te la robaste
-No compa me la di, te lo juro.
Yo miraba atónito las pantaletas de margaritas y gerberas bordadas, notablemente sucias, que le había visto, por descuido de una mirada traviesa, a la hermosa María Beatriz Asconez Dantán, hija de afamados españoles dueños del pueblo.
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