No hace mucho tiempo que el respeto me ha exigido mostrarse de mi ante un pobre diablo de nombre José Remedios. Él, cosa fea indescriptiblemente pintoresca, es imposible que sea alguien que goza, como todos los demás, de los beneficios que le otorga el Inquebrantable Sistema.
Viste un sombrero café al estilo de un mafioso italiano de los años 30 de la fría Nueva York, una camisa casi siempre poco acorde al gusto de la convencionalidad que dicta la el órden de los colores. Que verde con amarillo, que azul bien podría ir con rosa mexicano (ejem..(tosesilla) francés), que el blanco con negro a la manera contrapolar del Yin y el Yang. Eso no le interesaba a mi querido Remedios.
Como su padre siempre le había exigido, portaba un traje uniformente planchado de talla altisimente internacional, el cual a pesar de ser lujosamente atractivo a los ojos de cualquier pretensioso catrín no hacía juego con el sombrero y muchos menos con los guaraches de cuero importado del Reino del Perú.
Cierto día, Pepe Remedios, hijo de Señor Exmo. soy de UV. Bonito Armendarez Generalísimo caudillo de las fuerzas revolucionarias de San Rafael Tetechingo y Changatumadre, se dirigió a mi con un aire altanero:
-Don Esteban, me podría dar unos jitomates de esos verdes que tiene por ahí...
Ah chinga!-le dije al pendejo junior éste-Si los jitomates son rojos, mijo.
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