Me resulta apasionante ver las caras de aquellos que no disfrutan la llamada "Fiesta Brava".
Sus ceños se fruncen, la cara se les retuerse de aburrición de sólo estar viendo la superioridad tramposamente ventajosa del humano sobre el imponente macho cabrio, que nomás se pasea de un lado a otro moviendose al compas de sus instintos cegados por la furia provocada de un severo golpe en las gónadas.
Renegando de sus instintos animales piensan que lo que se ve en el ruedo es un puro baile macabro, en el cual el que menos se divierte es por supuesto nuestro querido amigo de cuernos gemelos.
Y es que no hace mucho, quizás algunos siglos, que nuestros antepasados nacidos en la Península Latina eran todavía más frios. Actualmente lo que vemos en la Plaza de Toros cada Domingo no es, sino una mera pisca, pequeña como si de migajón pellizcado de bolillo duro fuese, de lo que las grandes hecatombes-y caigo en redundacia-eran.
Cuando un Emperador llegaba a coronarse con la originalísima-por que es cierto que no ha habido otra-corona de olivos, a éste se le dedicaba una auténtica corrida de leones y otros tipos de mamiferos carneros entre los cuales estaba obviamente el Gran Toro Macho, sin olvidarnos de sus crías, al menos las que ya estaban en edad de poder enfrentar la muerte.
En ese entonces se mataban alrededor de 400 hermosos animales.
Eso sí, en la Antigua Roma era muy raro que protestaran por esta tan honorable-y divertida ¿Por qué no decirlo?-actividad. La sangre alimentaba el morbo de estos inocentes y responsables civitas romanos, que no pagaban un sólo doblon por entrar a la masacre, toda la diversion era creada para su disfrute bajo la encantadora política del panem et circensis que ahora tanto odiamos...
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