No sería justo no dedicarle unas cuantas líneas a una mujer que ha estado conmigo en la reciprocidad de la palabra, y en la reciprocidad de la amistad, no sería justo no escribir hoy mismo de Paola Berber; sería también una falta de respeto no escribir sobre una persona que me ha dado felicidades ( y una que otra tristeza, sin saberlo yo ni ella), y también hubiera sido una pendejada haberle dejado de hablar por otra persona que ha dejado de ser constante, una persona falta de carácter, y de agallas como podría serlo (y le queda de molde): Esa mujer distante, que prefiero dejar en el olvido no cediendole estas benévolas líneas.
Quién fue culpable de qué, quién primero engañó a quién, eso tiene poca importancia ahora. A Paola Berber la conocí cuando tenía ella 13 años y yo sobraba los 15, nuestras miradas cruzaron tiempos, rayos y centellas; ambos buscamos en el otro lo que no teníamos en nuestras vidas cotidianas (todo es un invento, sepa la bola qué chingaos sintió ella, sepa la bola qué chingaos sentí yo). Nos hicimos, antes que amantes carnales de necesidad y poco compromiso, buenos amigos; virtud predominante en relaciones efimeras, que muchos suelen llamar de forma pomposa como "noviazgos"...
Total que hoy es su cumpleaños, y no me queda más que agradecerle a algo supremo, que rebasa mi razón y lógica teórica (llamemosle calentura paternal) por la existencia de esta mujer, que ya es hembra y no pedazos, que jamás me ha abandonado y jamás me he permitido abandonarle, apesar de que el tiempo es infinito y a veces castigador.
Felicidades Paola, te quiero.
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