Subiendo al pesero, con el humor fresco, y los ojos en busca de alguna pasajera de llamativa belleza (y por supuesto un asiento), decidí quedarme parado frente a dos niños que iban a su primer día de clases. Olor a color nuevo, crayola, lápiz, goma y resistol (potenciales armas de la educación, pequeños cuchillos del potencial artista, puñaladas de grafito pal ignorante, borrador para el conservador y pegamento para el atento). Todo en manos de dos niños que a primera vista, y sin cruzar palabra alguna (ni mirada) con ellos, sabía que eran más experimentados que yo. Eran sordo-mudos.
Parlamento de manos, atentos al gesto, potenciales confidentes, bibliotecas de recuerdos, afecciones, lamentos, expertos de la tristeza, la ira, la felicidad, la paciencia, la molestia y el silencio. La paz. El hombre perfecto para la mujer decepcionada es aquel que escucha con los ojos, pues una imagen dice más que mil sonidos, "las palabras se las lleva el viento", las imágenes son polvo arenisco, su fugacidad les da su importancia. Una lágrima, un bostezo, una mueca, una sonrisa, un respiro, un suspiro, ojos de recuerdo, desesperación, brillo de enamorados. ¿Acaso yo podría saber todo esto?
No me fui sin antes cantarles al oído, no para provocar la ofensa del que se aflige por la diferencia (el ignorante persinado, que presume de su pecaminosa certeza, abusador del odio, intolerante del amor), sino para sentirme solo en este mundo. Carne y hueso. Ceniza. Polvo. Viento. Círculo de la mortalidad. Al fin y al cabo, eso soy...
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