No aceptar quererte es ignorar el tamaño de los elefantes, así como de que el viento es un buen amigo con el que puedes hablar a momentos (necesarios) pero que se despide sin que sientas que se ha ido para siempre, es negar las cursilerias que desprende la saliba idiota del enamorado, además de que delata sus zoofilicas tentaciones. Y que en el azar del verte o no verte, o quién sabe, no sientas el tiritar de las tripas, la sensación de vacío, ese calor entre el brazo y el antebrazo que genera el toque de pieles, el toque de seres, el toque de toques.
Pensemos, por ejemplo, en la venia que mueve la vida, desde luego, el amor. Esa sensación del primer vacío está, por designios que superan las inútiles especulaciones y elucubraciones sobre lo divino, al momento en que el bebe deja a su madre, el parto; el primer abandono, y de ahí empieza un círculo vicioso, pues sustituimos el primer espacio, dejando un vacío, por otro primer espacio (en el que, aveces, no caemos). Del padre viene el hijo, que es creación de la madre. El amor que nace de los extremos, formando una unión, un vínculo de sangre. No somos más que eso desde luego, somos la carrera en espiral de dos sangres que se encuentran, globulos brillosos de buena vibra. ¿PARA QUE INVENTAR UN DIOS, SI EL DIOS MAYOR ES LA UNION DE ESOS DOS ATOMOS, ACASO ESO NO ES DIVINO? El ser formado de un binario, sino crece de la mutua atención de las dos semillas, no es amor.
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